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"La verdad es que se ha quedado un poco muerto", opinaba ayer un
oficinista junto a la base del Alinghi. La riada de visitantes -llegaron
al millón en pocos meses- ha pasado. Ese escaso tránsito del brillante
carril bici que rodea las sedes de los equipos refleja la calma entre
eventos. Las obras del circuito de Fórmula 1 acabarán, en apenas un año,
con la valla, la carretera y la vía ciclista que ahora dan vida a los
antiguos tinglados. "La verdad es que lo espero con temor. Para los que
trabajamos aquí cerca el cambio ha sido espectacular", comenta un
trabajador subido a la bicicleta.

Las instalaciones del equipo suizo son las únicas que mantienen la
tienda abierta en agosto. Y la rentabilidad de ser el campeón se refleja
en los precios de sus productos. Una sudadera, 80 euros, un lápiz, cerca
de seis. A pesar del exceso, el revoloteo de turistas italianos en el
interior de la tienda se resuelve mayoritariamente con una compra. El
resto de equipos ha cerrado sus atracciones para el público. Un candado
cierra el paso a la tienda de ropa de Prada y a los simuladores de
navegación del Oracle.

Con la entrega de la jarra de las cien guineas ha llegado el
desmantelamiento de muchos de los servicios gratuitos que ACM (empresa
que explota la parte comercial de la dársena) prestaba a los visitantes.
El más añorado por los paseantes es el pequeño barco que enlazaba las
orillas del canal. Los turistas que llegan a la dársena atraídos por el
espléndido edificio Veles e Vents, diseñado por el arquitecto David
Chipperfield, se preguntan cuál es el modo de llegar a las terrazas del
otro lado. Un paseo de media hora es la costosa solución.

El desmontaje de la mayoría del mobiliario que decoraba la dársena
permite imaginar la herencia que la competición dejará a la ciudad. El
parque junto al canal sirve de mirador de la playa de la Malva-rosa.
Hasta hace un mes, el escenario por donde pasaron Serrat, Sabina o Joe
Cocker, impedía la visión del litoral desde la elevación sobre el
aparcamiento. Eso sí, las mejores vistas para el disfrute del mar han
quedado para las cafeterías que se han apresurado a colocar sus terrazas
junto las rocas donde rompe el tranquilo oleaje. Sin embargo, el lugar
que mejor panorama ofrece es la azotea del edificio Veles e Vents que
sigue cerrada al público, después de servir de palco de lujo de
invitados para divisar las regatas.
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